En la película francesa 'La cena de los idiotas', de Francis Veber, según reza la sinopsis, «Pierre Brochant y sus amigos organizan todos los miércoles una cena que es una especie de apuesta: el que invite al idiota más extraordinario será el ganador. Una noche, Brochant está pletórico: ha encontrado una auténtica joya, un idiota integral. Se trata de François Pignon, un chupatintas del Ministerio de Finanzas con una gran pasión por las construcciones hechas a base de cerillas. Lo que Brochan ignora es que Pignon es un auténtico gafe, un maestro en el arte de provocar catástrofes».
El presidente de Francia, Emmanuel Macron, invita a almorzar a todos los líderes de la Unión Europea convocados el pasado lunes en París para abordar los retos de seguridad en Europa y el futuro de Ucrania. En el fondo subyace la actitud traidora de Donald Trump, confirmada al día siguiente con la reunión entre representantes rusos y estadounidenses en la capital de Arabia Saudí, con el supuesto objetivo de intentar normalizar las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y Rusia, preparando así el terreno de cara a un encuentro entre Donald Trump y Vladimir Putin con el objetivo de negociar un futuro acuerdo de paz para Ucrania.
En la foto de la comida, sentados los comensales alrededor de una inmensa mesa redonda, observamos al anfitrión Macrón, al presidente del Consejo Europeo, António Costa, a la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, al secretario general de la OTAN, Mark Rutte y a los presidentes de Dinamarca, Polonia, España, Reino Unido, Italia y Alemania. En el esquema expuesto de la cena de los idiotas, yo tengo muy claro quién es François Pignon, el idiota. El resto de los comensales, siguiendo con la sátira de la película, conforman los personajes del grupo de listillos de vida burguesa y vacía, que buscan un idiota todos los miércoles para reírse de él, una clase de adinerados triunfadores que van por ahí mirando al resto de la humanidad por encima del hombro.
A esos listillos se la están dando con queso. El caso es que el orden mundial al que estábamos acostumbrados se ha ido al carajo con la llegada de un presidente americano hortera, narcisista, megalómano y arrogante. Súbitamente, el país tradicional aliado de Europa prefiere acercarse al sátrapa Putin y dejar a Europa relegada a un papel secundario en el escenario mundial.
La conclusión es que, entre unos y otros, entre idiotas, listillos y prepotentes, independientemente de que se trate del líder del mundo o de un simple mindungui, como es en nuestro caso, los presidentes marcan inevitablemente su impronta personal, impregnando su estilo en la idiosincrasia del país, en las maneras de hacer política, en la toma de decisiones. Y lo peor de todo, lo más grave, es que todo gobernante es el vivo reflejo de la sociedad que le ha votado.