Juan Bravo

BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Decir no es hacer

09/03/2025

La caída de Íñigo Errejón Galván en octubre del pasado año, y la más reciente de Juan Carlos Monedero no pueden menos de recordarnos, a menor escala, obviamente, las terribles luchas fratricidas entre los padres de la Revolución francesa y la rusa, que, de hermanos y espíritus magnánimos, pasaron a enarbolar alfanjes y dagas florentinas o venenos de áspides ocultos largos años.  Empezaban de ese modo las incesantes purgas; en unos casos, el interfecto sabía muy bien la naturaleza del delito del que se le acusaba; en otros, no tenía ni pajolera idea de lo que pudiera tratarse, pero, en vista de que nadie está libre de pecado, ni de culpa, pese a la convicción sincera de su inocencia, como le ocurriera a Josep K., en  «El Proceso» de Kafka, más valía estarse quieto.
Monedero, de 62 años, y Errejón, de 41, madrileños ambos (por más que el primero tenga raíces asturianas por parte de su padre,  y albaceteñas, de Vianos, por parte de la madre), y brillantes politólogos, con la diferencia de que, mientras Errejón procede de una familia algo más que acomodada, Monedero, nacido en el seno de una familia trabajadora, tuvo que alternar, desde muy joven, el estudio con el trabajo, echándole una mano a su padre en la tienda de ultramarinos y en el bar paredaño, en la esquina de Romero Robledo con Ferraz, circunstancia, esta última, que dio más lustre a su carrera de político de izquierdas.  Nada extraño, pues, que la sonrisa que sin cesar afloraba a las mejillas de ambos, mientras en el caso de Errejón destilaba ternura infantil, pese a ser un tío talludito, en Monedero se tornaba mueca irónica, cuando no sarcástica. 
La triada capitolina tenía como vértice esencial a Pablo Iglesias (con tan simbólico nombre). Juntos, con el apoyo del Gobierno venezolano de Hugo Chávez, iniciaron la quimérica aventura que cristalizaría en «Podemos», poco después de la «toma de la Bastilla» de la Puerta del Sol, de la que, en mayor o menor medida, participamos jóvenes y menos jóvenes, que teníamos en común un idealismo a flor de piel, el odio de estirpe sartriana al burgués -ese que aspira, sobre todo, a acumular riquezas-, y un gran afán, no sólo por cambiar el mundo, sino también la vida.
Fue, qué duda cabe, el momento más hermoso de nuestra joven democracia, un estallido y un grito de libertad, protagonizados por una generación ilustrada de hombres y mujeres  universitarios, hartos de un modelo de vida basado en un orden esencialmente injusto.  Sin embargo, desde muy pronto se vio que algo no funcionaba, algo típico de la izquierda española, esa constante fragmentación ideológica, traducida en odios y vesanias cainitas que ya hicieron fracasar las dos repúblicas y que aterraron a individuos como George Orwell. 
Eso, unido a rivalidades absurdas, a contradicciones cada vez más marcadas, a odios ocultos y ansias de venganza, atizadas desde distintas familias, por no aludir a la bulimia discursiva de Iglesias, personaje nada cauto y nada discreto, incapaz de guardar un secreto de Estado, llevó al grupo a la primera gran escisión: Iglesias y Montero, frente a Errejón; o sea «Podemos», frente a «Más País», que, con la jueza Manuela Carmena, mujer sensata  que aportó cordura y  rigor al grupo, conquistaron puestos relevantes, en tanto que Pablo Iglesias y Podemos iniciaban su decadencia.
Vinieron a continuación errores de bulto, como el célebre chalet de Galapagar,  perfectamente aprovechado por la derecha mediática para darles donde más les dolía. Acostumbrados a volar alto, empezaron las luchas fratricidas por los Ministerios y los Altos Cargos (¡Quién se lo iba a decir tres años atrás!), lo que hizo abrirse aún más el abismo entre las distintas familias. Y así, en medio de un torbellino de celos, disputas y vendettas, saltó el affaire Errejón, y poco después el de Monedero; se sabía desde tiempo atrás el punto flaco de ambos, o sea, sus contradicciones sexuales, pero, como suele ocurrir, nadie se atrevía a dar el paso al frente. Sin embargo, bastó una, para que todas las aves del corral la emprendieran a picotazos. A las hermanas, hasta entonces sumisas con sus líderes, les faltó tiempo para denunciar al «baboso», al «monstruo», esos mismos promulgadores de las leyes contra los abusos sexuales y feministas. Una vez más por la boca murió el pez. Y, una vez más, como dejó escrito Octavio Paz: «Entre lo que veo y digo, /  Entre lo que digo y callo, / Entre lo que callo y sueño, / Entre lo que sueño y olvido, / La poesía»